José Zanoni Yada: “Cuando escribes, el dolor se convierte en una lección de vida”

José Zanoni Yada (San Salvador, 1964) es un prestigioso neurocirujano de El Salvador con estudios en Francia y Estados Unidos. Dirige una clínica y enseña en la Universidad. Es autor del libro Bisturí con alma de poeta, un recopilatorio de casos médicos que han impactado su carrera, y de poemas dedicados a la vida, al amor, al ser humano.

– ¿Cómo termina un neurocirujano escribiendo un libro de relatos médicos?

– Todo comenzó cuando empecé a publicar artículos en los periódicos locales en El Salvador. Se trataba de textos médicos bastante complejos, normalmente dirigidos a neurocirujanos y gente de mi sector. Un día mi esposa me dijo que la mayoría de los lectores del periódico seguramente no entendían mis textos. En ese momento, empecé a trabajar en mis escritos para que fueran más claros y al alcance de todos, incluso de gente que no sabe nada de medicina.

 

– Y allí fue cuando nació Bisturí con alma de poeta

– Sí. Sentía una gran necesidad de compartir las reflexiones diarias, las conversaciones entre médico y paciente. Empecé a juntar casos peculiares para expresar el lado espiritual y emocional que todos tenemos y que en mi trabajo aflora a diario. En mi casa, siempre se ha hablado de medicina. Un día, uno de mis hijos me dijo que, por mucho que mi vida girara en torno a un bisturí, yo tenía alma de poeta. De ahí salió Bisturí con alma de poeta, un médico que en el fondo es un ser humano como todos y que relata en ese libro parte de sus experiencias.

 

– Las suyas y las de sus pacientes también.

Las dos cosas son complementarias. En mi profesión veo muerte, angustia, problemas que afectan desde luego a los pacientes, pero también a los médicos. Cuando me sentaba a escribir durante el fin de semana, de pronto sentía la necesidad de expresar ese dolor, el impacto que se sufre en una situación muy grave. Al escribirlo, ese dolor se transformaba en una lección de vida. Me ha llevado tiempo entender eso, y aún más tiempo lograr trasmitirlo a través de mis escritos, dejando que el médico y la persona que llevo dentro hablen juntos.

 

 

– El concepto de tiempo aparece en muchas páginas de su libro. ¿Recortar horas de su vida frenética para escribir le ha comportado esfuerzo o ha sido algo que ha salido natural?

– En mi concepto, el tiempo lo marchita todo como marchita una flor. El tiempo de un neurocirujano pasa rapidísimo. Opero, doy clases en la universidad, me documento, atiendo a mis pacientes y me tomo tiempo para hablar con ellos… y aún así, me parece que no consigo hacerlo todo. Comienza la semana y de repente es viernes. Los momentos familiares, los momentos íntimos, se hacen muy cortos. La medicina debería ser una especie de apostolado, como el sacerdocio: le quitas tiempo a todo lo que no sea tu profesión, porque cualquier distracción te convierte en un médico mediocre.

 

– ¿A eso se debe la carta para los estudiantes de medicina que aparece en su libro?

– En parte. Creo que la figura del médico se está perdiendo. Soy jefe del departamento de cirugía de una de las universidades más importantes del país y a diario veo estudiantes confortables y cómodos. Me piden cambiar la fecha de un examen porque no han estudiado mucho, o porque tendrán una guardia la noche antes del examen. Considero fundamental que ellos sepan lo que supone la carrera de medicina antes de entrar en la universidad.

 

– ¿Cree que leyendo su carta algunos cambiarían de camino?

– No lo se. Mi intención es que sean conscientes de que en la vida del médico no hay errores posibles. Tienes que salir corriendo en plena madrugada para atender a alguien, incluso con la violencia que hay en el país. Atraviesas la ciudad, llegas al hospital, haces lo que está en tus manos para salvar a ese paciente, y cuando hayas terminado, lo más probable es que ya sea la hora de las consultas, de las rondas, de las clases. No hay descanso. Tienes que estudiar lo de ayer, anteayer y lo que va a venir. En cambio, los alumnos creen que la medicina puede llevarse como si fueras un abogado, un ingeniero. Creen poder irse a su casa y dejar al paciente, pero no se dan cuenta de que las horas del médico jamás van a ser suficientes. La carta está dirigida a eso y también es una catarsis. Expresa la frustración que se siente cuando te das cuenta de que la lealtad ante el paciente se ha perdido mucho.

 

– Sin embargo, la frustración de la que usted habla solo se aprecia en esta carta. En el resto del libro, los sentimientos son del todo diferentes.

– Es la paradoja. Ser médico no significa hacerse millonario o famoso. Veo estudiantes excelentes que terminan trabajando como visitadores médicos porque el sistema sanitario de mi país no tiene recursos. Si no tienes vocación para aguantar años así, eso te frustra. Lo que sí consigue que sigas adelante, la única razón por la que aguantas años de sacrificios y de trabajo muy por debajo de tus capacidades, son los pacientes. Es lo único que cuenta.

 

– ¿Por eso decidió escribir este libro? ¿Qué ha significado?

– Soy profesor y considero la docencia un aspecto fundamental de mi profesión. Todo experto que no transmite lo que sabe no es un profesional y se queda estancado. Cuando empecé a colaborar con el periódico, tenía que ponerme a escribir todos los domingos. Me tomaba tiempo, pero se convirtió en una obligación que me ha beneficiado mucho como médico. He logrado saber con qué palabras, con qué expresiones la gente entiende lo que quiero decir. Así han surgido todos los artículos, todos tienen nombre y apellido, todos son experiencias de pacientes.

 

– Como algunos casos que usted ha tratado que han terminado más o menos bien. ¿Cómo ha elegido qué casos debían aparecer en su libro?

Evidentemente, no podía relatarlos todos. Los que aparecen en el libro son los pacientes que más me tocaron. El primero, por ejemplo, relata la experiencia de mi suegro, otro es del pastor más conocido de la misa evangélica. También hay relatos que se centran en los sacrificios inhumanos de las familias, como él de la madre en Los Ángeles. El calvario de los familiares a veces es igual de difícil que el de los pacientes.

 

– ¿Ese dolor de pacientes y familias ha terminado cambiándole? ¿Es usted un médico distinto a día de hoy, comparado con el médico que era cuando empezó?

– Desde luego que sí. En EE.UU., la norma era no comprometerse con el paciente ni con su familia para evitar problemas legales. Me crucé con gente que no sabía con seguridad de qué le habían operado, porque su médico no se había sentado a hablar con él. Por aquellos años, durante mi residencia, conocí a un niño de cuatro años de edad. Se llamaba Napoleón y padecía leucemia.

 

– ¿Por qué se acuerda tanto de él?

– Por su lucidez, una lucidez asombrosa para su edad. El día que nos conocimos, ingresó por una transfusión. Cuando ya se iba para su casa, se despidió de mí y me dijo que nos veríamos pronto ya que tenía una enfermedad que no se cura. Le contesté que era cierto, pero que se curaría. Me miró y me dijo que sabía perfectamente que se iba a morir de esto. ¡Cuatro años!

 

– …

– Era un niño muy simpático y yo comencé a tratarle con mayor cercanía. A veces se quedaba una semana en el hospital y hablábamos mucho. Un viernes salí del trabajo y cuando regresé el lunes, Napoleón había muerto. El impacto fue tan fuerte que consideré dejar la carrera de medicina. Me pregunté: ¿yo voy a pasar por esto cada día?

 

– ¿Qué le hizo seguir?

– La única opción que me parecía viable: la decisión de darle lo mejor a mi paciente, pero tratando de apartar los sentimiento. Desde entonces intento no involucrar a mi corazón, ya que cuando lo hago, el cerebro queda de lado y eso es el mayor error que un médico puede hacer. Los pacientes no quieren que seas su amigo, su compañero, su sacerdote… quieren que les salves la vida, que les cures, y si no hay nada más que hacer, que les consueles.

 

– Se trata de alcanzar un equilibrio…

– Sí. Eso es lo que te enseñan los pacientes. Considero que cada uno de nosotros tiene cuatro partes que componen su vida: Dios, tu trabajo, tu familia y tu diversión. Y si te dicen que aquel mismo día vas a morirte, piensas: “ah, está bien. Ya viví mi profesión, tuve mi familia y hasta escribí un libro… ¡vayámonos!”.

 

– Entonces su libro, la escritura, es como la cuarta pata… ¿Será por eso que después de varios relatos médicos, la segunda parte del libro se compone de poesías?

– Ah, las poesías. Casi todas las escribí antes de empezar la carrera de medicina. Después no me dio tiempo para leer nada más. Poco a poco fui dejando la poesía para informarme, documentarme, estudiar y llegar listo al quirófano. Los poemas quedaron a un lado.

 

– No tanto, si los ha incluido en su libro.

– Eso fue un dilema muy grande. ¿A quién se le ocurre hacer un libro de casos médicos de sufrimiento y dolor? ¿Y quién se cree el cuento de un neurocirujano poeta? Tuve mucho temor a la hora de sacar el libro, tenía miedo de que dejaran de verme como un neurocirujano reconocido y empezaran a pensar en mi como un poeta. Eso es un elemento fundamental: si tus pacientes pierden la confianza en ti, lo pierdes todo.

 

– ¿Entonces, por qué sus poesías aparecen en el libro?

– Antes de decidir hablé con muchos amigos. Todos me dijeron que cualquier médico tiene que tener la parte humana que los pacientes buscan y agradecen. Nadie quiere verte como una enciclopedia sobre el cerebro y los nervios. Dejar que los poemas cerraran el libro fue como dejar que los lectores vieran lo que soy: un neurocirujano que trabaja con un bisturí, pero que tiene alma de poeta.

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